La agenda periodística cambió ayer abruptamente a las 7.07. Todo lo que se había programado el día anterior, coberturas, distribución de páginas y jerarquías informativas se puso en stand by hasta que se disipe la niebla. Y esta vez no fue por la magnitud del accidente, que en términos de víctimas y daños fue menor a lo que ocurre, lamentablemente, todos los días en las rutas argentinas, sino por el marco político que lo rodea. La misma línea ferroviaria que protagonizó la tragedia en el porteño barrio de Once, ahora ya no concesionada a una empresa privada sino a cargo del Estado, y que supuestamente estaba recibiendo millones de pesos en mejoras. Un escándalo, bañado de sangre, dolor e impotencia. Sobre todo porque decenas de miles de argentinos viajan a diario en ese transporte y este segundo "accidente" confirma que ninguna persona que viaja en tren está segura.